domingo, 28 de noviembre de 2010

Tiempo de comentarios

Me preguntaba la otra noche Escandar Algeet, en el recital de Carlos Salem & Amigos, por qué no permito comentarios en mi blog. Me decía que a veces intentaba darme su opinión sobre alguna película y le era imposible. Se lo expliqué. También a Gsús Bonilla, que estaba a nuestro lado. Lo cierto es que, por tanto, debería explicárselo a más gente, a más lectores y amigos: porque ha transcurrido mucho tiempo desde que corté la opción de comentarios y, supongo, ha aumentado el número de lectores o, al menos, de curiosos en mi bitácora. La explicación que le di a los poetas Escandar y Gsús es ésta: antaño, dado que escribía siete artículos por semana para un diario de mi tierra, el número de enemigos crecía en proporción al número de columnas escritas. A más columnas, más enemigos. Puede que también me salieran amigos y nuevos lectores, pero eso es difícil saberlo: no olvidemos que los primeros que escriben en un foro y en un blog son los que están en contra de algo o alguien, mientras que quienes están a favor suelen pasar del tema. A mí lo que me llegaba, las más de las veces, eran acusaciones, insultos, difamaciones e incluso mi biografía reinventada. Sí, estoy generalizando. El caso es que, si yo mencionaba a una banda de pop de mi tierra en un artículo, se me echaban encima cuarenta fulanos furiosos por mencionar esa banda y no otra. Si decía que tal o cual bar estaba haciendo mucho por la música en mi ciudad, me llegaban ecos del cabreo de los dueños de otros bares por no mencionarlos. Uno de los problemas (aparte de la cicatería y la envidia propias de los sitios pequeños) era que pocos sabían distinguir entre un reportaje (objetivo) y una columna (subjetiva). Una de las acusaciones era ésta, siempre emboscada con el antifaz del anonimato: “Es que no eres objetivo”. Pues claro que no, imbécil: es una columna de opinión. No se puede ser objetivo. El colmo fue un día en que un viejo enemigo, un hijoputa, se dedicó a copiar párrafos enteros de mis artículos y a pegarlos en la sección correspondiente de comentarios de mi blog, pero añadiendo faltas de ortografía y otros errores. Al releer aquello me asusté, me dije: “¿Cómo coño he podido enviar al periódico un texto con tantas tildes mal puestas?” Luego comparé el texto original con el publicado y con lo que aquel cabrón había puesto: y supe que añadía las faltas para confundirme. Supe que me había hecho perder tiempo y me había jodido la mañana. Y ese día puse el candado en el blog. Pensé: “Quien tenga ganas de orinar, que lo haga en su casa, pero que deje en paz la mía (el blog es como una casa: uno abre las puertas a sus invitados y espera que se comporten con un mínimo de educación)”. Cerré el tiempo de comentarios. Y dudo que lo vuelva a abrir.

Barrueco