domingo, 21 de noviembre de 2010

Censurar, prohibir

Ya lo escribí por ahí, pero me lo vuelvo a preguntar. Me vuelvo a preguntar en qué siglo estamos viviendo. En qué país. En qué planeta. Porque enciendo la tele y trato de darle otra oportunidad al telediario y me desespero. De los países democráticos (no estamos hablando de quienes viven bajo una dictadura) me vienen las mismas palabras envueltas en las bocas del locutor y de los corresponsales: “Quieren prohibir”, “Censurar”, “Pretenden limitar”, “Han prohibido”, “Se estudiará prohibir”, “Prohibición”, “Han censurado”, “Proponen prohibir”… La sombra de la tijera de antaño asoma de nuevo en el horizonte. No, en el horizonte no: ya, aquí mismo, ahora. Cada día nos imponen más cosas, nos someten a más prohibiciones, nos corrigen, nos asfixian, nos censuran… Parece que ya nada vale. Que no se puede decir nada, ni se puede hacer nada y aún menos escribir. El locutor dice, lastrado por la lepra de lo políticamente correcto: “Discapacitados auditivos”. Lo pienso durante unos segundos. ¿A qué se referirá? Ah, me digo luego, joder, se refiere a los sordos. Ocultan la palabra como si fuera un pecado, una cosa prohibida. Sordos llamaron a los ilustres Goya y Beethoven. Si yo fuera duro de oído (y con el tiempo llegará, supongo) preferiría que me llamaran sordo, y no discapacitado auditivo, que suena peor, que suena a enfermedad larga e incomprensible. Yo utilizo lentillas fuera de casa. Sin ellas, sin las gafas, no veo una mierda. Pero odiaré al que ose llamarme discapacitado visual, o alguna chorrada por el estilo. Llámenme ciego, coño. O medio ciego, o cegato. Ya casi lo estoy. Las verdades son así. A mí no me ofenden. Cambio de canal porque no puedo más. Nos hacen creer que gozamos de más libertades con las nuevas tecnologías y no es cierto: nos abren un lado de la jaula, muy poquito, mientras nos cierran por el otro.

José Angel Barrueco