domingo, 7 de noviembre de 2010

Cambio de horario

Los cambios de horario acaban perturbando a uno. Hay gente que piensa que no nos afectan, o ellos creen que no les afecta: “A mí me da igual la hora que sea”. La semana pasada atrasamos el reloj una hora. Las siguientes noches dormí mal. Me despertaba entre las 6:30 y las 7:00 de la mañana, cuando mi despertador está programado para sonar a las 7:30. No entendía muy bien qué estaba pasando, por qué me despertaba con tanta antelación si, además, me había acostado tardísimo. No fue hasta la mañana del jueves que caí en la cuenta: era culpa del cambio horario. Yo me he acostumbrado a despertarme a las 7:30. Pero ahora, cuando el despertador suena, en realidad es una hora más tarde de lo que era antes del atraso horario: lo que nuestro reloj biológico nos está diciendo es que son en torno a las 8 de la mañana, que ya es de día y que aún no hemos levantado el culo de la cama. Estos cambios siempre o casi siempre desorientan a uno. Ahora amanece más pronto y también anochece antes. Lo primero lo alegra a uno porque ya no se levanta de la cama en plena noche (hablo de mi caso, claro: muchas personas se levantan más temprano aún). Lo segundo lo aflige a uno porque menos horas de luz natural equivalen a menos alegría para el cuerpo. Yo, por supuesto, duermo menos y tardaré en acostumbrarme a despertar más tarde de lo que en verdad es. Y lo noto a la hora de comer: mi estómago ruge de hambre una hora antes. Ahorrar energía tiene estos inconvenientes. Dicen que incluso está comprobado que, en parte, perjudica la salud.

José Angel Barrueco