domingo, 14 de noviembre de 2010

Buen karma, mal karma

En “Me llamo Earl”, una de las series más divertidas de la actualidad, Earl Hickey (Jason Miller) cree en el karma. Cree que, por cada putada que le haya hecho a otra persona, tendrá que hacer algo bueno a cambio, lo que le deparará algo bueno a él y, por tanto, convertirá el mal karma en buen karma. A mí al principio, aunque me gusta la serie, no me parecía creíble el asunto. Últimamente, sin embargo, tengo que darle la razón a Earl: si me sucede algo bueno, unos días después me sucede algo malo. En el mes de octubre he firmado tres contratos para la próxima publicación de tres libros en tres editoriales distintas. Una noticia, para mí, sin precedentes. No estoy acostumbrado a tanta buena suerte. Y por eso, en los mismos días en que recibía los contratos y los firmaba, la mala suerte me ha atacado por otros flancos, incrementando la cuenta de gastos imprevistos, que son los que realmente machacan cada mes al ciudadano, con crisis o sin ella: primero se me rompió una muela, lo que deparó visita al dentista, revisión y limpieza y cita para una próxima extracción; luego, el viejo calentador que teníamos en casa hizo aguas, es decir, empezó a soltar el agua del depósito con riesgo de inundar el cuarto de baño, lo que hizo que llamara a un técnico, y éste echó un vistazo y dijo que la única solución era instalar uno nuevo, y el cambio y la mano de obra añadieron más gastos; por si esto fuera poco, llevo unos días con el ordenador hecho una mierda, con errores del sistema, navegación lenta y bloqueo de programas, y le he pasado miles de buscadores de virus, espías, malwares y rootkits, y si no consigo resolverlo me tocará llevarlo al técnico para que aumente el monto de gastos imprevistos; y por si no bastara con eso, las gafas de miope que utilizo en casa se me han caído al suelo de la manera más torpe, rompiéndose un cristal que me va a costar una fortuna cuando, en breve, lleve las gafas a la tienda. Me siento, ahora mismo, como si estuviera viviendo un cuento de Raymond Carver.

José Angel Barrueco