domingo, 10 de octubre de 2010

Una vida sin resacas. Segunda parte

La otra noche salimos y me fui pronto para casa. Mis amigos me preguntaron por qué me retiraba tan temprano. “Temprano” es un eufemismo porque rondarían las dos de la madrugada. No lo es tanto si lo comparamos con aquellos fines de semana en que mis juergas etílicas se alargaban hasta las 8, 9, 10 e incluso 11 de la mañana. “Estás viejo, con lo que tú has sido…”, me dicen algunos. No es cuestión de vejez. Es cuestión de varios factores: ciertas responsabilidades familiares cuando regreso a mi ciudad natal, el cansancio de llevar miles de resacas a la espalda, la dedicación del sábado o el domingo a la lectura y a las películas, mis escasos ingresos económicos, esa madurez que te obliga a cuestionar tus hábitos poco saludables… A veces se junta todo y es para bien. Ya no me levanto molido los domingos, no me despierto a la una de la tarde con la boca reseca y el paladar torturado. Ya no se me pasa la tarde encogiéndome de náuseas en el sofá, sin hacer nada. Ahora me levanto pronto, abro un libro, leo lo que en esos años previos no leí durante los fines de semana. Por si fuera poco, conozco a gente que empieza a recibir las facturas por años de dedicación etílica. Aunque sólo sean borracheras de viernes y de sábado, llega un día en que el cuerpo te da un toque. A mí no me lo ha dado. Por eso soy previsor. Ahora me entrego a otras costumbres, ahora vivo de otra manera. No es mejor ni peor. No quiero que nadie me tome por un defensor del chándal dominical, no es eso. Es otra cosa. Es, también y como decía Thomas Bernhard, que nos pasamos la vida creyendo que tenemos veinte años. Y luego pasa lo que pasa. Que el cuerpo te avisa y suenan las alarmas.

José Angel Barrueco