domingo, 5 de septiembre de 2010

El estadio en casa

Ciertos anuncios suscitan en la mente del espectador el mensaje opuesto al que pretendían ofrecer. Días atrás vi, en un cine, un spot de Movistar que trata de comunicar esperanza y modernidad y termina siendo un aviso terrible sobre el egoísmo y la vejez. Comienza con un tipo recordando, en imágenes sepias, el momento en que su padre lo llevó, de niño, a ver su primer partido de fútbol a un estadio (el recuerdo arranca tras ver al padre subir con dificultad las escaleras del mismo estadio). Después pasamos a una serie de imágenes cuyo montaje nos permite recopilar algunos instantes de la vida de ese niño convertido en hombre. Hacia el final, el padre y su hijo, que son ya un anciano y un adulto responsable, están sentados frente al televisor. El anciano dice: “Ya es la hora, vamos al estadio”. El hijo responde: “Papá, vamos a hacer que el estadio venga a casa”. El hombre le enchufa el partido en la tele, le coloca una bufanda de un club de fútbol y los dos se acomodan para verlo en los sofás. Quizá el actor que hace de anciano intenta corresponder al hijo con un gesto de conformidad, pero yo en el anuncio y en esa interpretación veo el aviso terrible de lo que significa envejecer. Porque el mensaje, al final, es éste, al menos para mí que trato de ver las cosas desde otros ángulos: “Sí, papá, tú me llevaste al estadio cuando era un niño desvalido. Y ahora que tú eres un viejo desvalido, te jodes porque te cuesta subir las escaleras del estadio y yo no pienso llevarte: confórmate con la tele, que para eso he pagado Imagenio”. El anuncio, que quiere dar esperanza, resulta ser demoledor. En la cara del anciano, y en el empeño del hijo en que no salga de casa, puede resumirse toda la angustia de la vejez.

José Angel Barrueco