domingo, 4 de julio de 2010

Un vecino modélico

Un domingo por la noche. Bajamos la basura hasta el contenedor gris de tapa naranja que hay en la acera. Cada día ocurre algo distinto: al recipiente le han arrancado la tapa, o lo han arrastrado unos metros, o lo han volcado, o hiede a orín reciente… De vez en cuando algún yonqui, por la tarde, se sienta en el escalón del portal y se prepara un chino. La mayoría saluda o pide perdón cuando pasas a su lado. Esta vez, esta noche de domingo, veo que han arrimado el contenedor a la pared. Lo han subido a la acera. Y dos toxicómanos lo utilizan de mesa. Una mesa alta. Han apoyado sus bártulos sobre la tapa naranja y están a punto de drogarse. Ambos parecen zombies, cadáveres que aguantan en pie por pura suerte. El hombre sostiene un porro mal hecho. La mujer ha desplegado algo sobre la tapa. Me acerco a ellos. Me sitúo al otro lado del contenedor, justo donde se abre dicha tapadera. “Voy a tener que molestaros…”, les digo, empezando a levantarla. El tío va a quitar las cosas, pero ella dice: “No, por favor, que me tiras todo esto. Que me lo desmontas…” Los miro con piedad: “¿Y entonces qué hago?” Y ella dice: “Déjalo ahí al lado, que ahora te lo guardamos nosotros”. Son dos bolsas de basura y una caja de detergente, vacía. “¿De verdad?”, pregunto. “Que sí, que ahora lo guardamos nosotros, de verdad”. Deposito las basuras en un rincón. Deposito mi confianza en ellos. Y eso es algo que otro no haría. Le explico a mi chica que debemos darles una oportunidad. Que son enfermos. Unos minutos después me asomo al balcón. Ya no están. Ni ellos ni las basuras. Las han metido en el contenedor. Han cumplido. Me pregunto cuántos habrían hecho lo mismo que yo. Un vecino modélico habría llamado a la policía, les hubiera tirado las drogas y el mechero, los hubiera amonestado. Pero yo no soy un vecino modélico. Entro. Le digo a mi novia: “La guardaron. Cumplieron. No podemos tratarlos como a animales. Son enfermos”. Pero eso suele olvidarlo la sociedad.

José Angel Barrueco