domingo, 18 de julio de 2010

Madrid

Aunque Madrid en verano sea un incordio (demasiado calor, que sube desde el asfalto recalentado y te reblandece las manos), y aunque siempre presente unos cuantos inconvenientes (es poco habitable para el ciudadano, para los transeúntes; tiene un alto índice de mendicidad y de criminalidad), es sin embargo una ciudad a la que me he ido adaptando y a la que encuentro llena de ventajas a las que no podría renunciar. Me gusta (como en Facebook) la certeza de encontrar un kiosco para comprar prensa y revistas casi a cualquier hora del día. En mi ciudad natal, si el sábado y el domingo después de las tres de la tarde no has comprado el periódico, te jodes; sólo te queda la posibilidad de encontrar uno de esos kioscos donde venden gominolas y rezar para que les queden ejemplares, lo cual suele ser difícil. Me gusta salir en domingo y caminar hasta Fnac o La Casa del Libro. Comprar un libro en domingo es una de las ventajas de la civilización, que no ha llegado a otras ciudades. Me gusta consultar la cartelera y ver la oferta cinematográfica, siempre variada y con horarios raros e intempestivos. Me gusta saber que siempre hay algún recital donde se reúnen los amigos, o la presentación de un libro. Me gustan sus librerías de viejo y esos bares donde tomar una caña y un plato de aceitunas o de morcilla ibérica. Me gusta la cartelera teatral. Me gusta tener la oportunidad de ir a dar un paseo y no tener que encontrarme con caras conocidas, sólo desconocidas que ni siquiera me miran. Me gusta que sea una ciudad de posibilidades abiertas, de reuniones inesperadas, de cambios y de enigmas, de opciones interminables, donde la locura y la cultura se dan la mano a menudo. Esta es, ahora, mi ciudad. La que me tendió una mano cuando en otras partes me la negaban.


José Angel Barrueco