domingo, 11 de julio de 2010

Hablando de sexo

Hablar de sexo siempre acarrea problemas. A estas alturas de la película, continúa siendo el tema tabú del personal. Me llamaron de un programa de radio para leer un relato más o menos erótico y me hicieron ciertas preguntas relacionadas con el voyeurismo. Solté una mezcla de confesión y de broma. Creía que mis respuestas iban a tono con el programa. Mi familia lo estaba escuchando y, al terminar mi intervención en dicho espacio, me llamaron a casa. Estuvieron un rato picándome: “¿Así que cuando llamamos por teléfono os interrumpimos la faena? ¿De verdad espiabas a las vecinas con prismáticos?” En ese plan. Y yo no sabía cómo esquivar las preguntas, que también fueron formuladas en tono de chanza, pero que para mí eran como balazos. Después, al colgar, me di cuenta: hablar o escribir de sexo siempre proporciona ciertos quebraderos de cabeza. Cuando se publicó mi primera novela y mi familia leyó cómo me inicié en el mundo de la masturbación, uno de mis primos me soltó algo así: “En el libro se nota que tienes obsesión por tu pito”. Yo he conocido a chicas que negaban rotundamente
haberse “hecho un dedo”. No se lo creen ni ellas. Una vez escribí un artículo sobre los beneficios de hacerse pajas, según un estudio que leí en la prensa: prevenía el cáncer de próstata. Fue uno de esos escritos que me trajeron polémica. Los chavales me decían que a sus respectivos padres les había parecido mal, les había escandalizado, no estaban de acuerdo. Etcétera. Todo esto te lleva a la reflexión. ¿Por qué, si el sexo es uno de los motores de la vida, de la economía, del mundo en general, aún continuamos escondiendo las charlas sexuales bajo la alfombra? ¿Por qué los padres esperan a que los hijos descubran los ritos de apareamiento en internet o en las pláticas con los amigotes de clase? ¿Por qué algunos maestros se saltan esa lección en clase? ¿Por qué todo el mundo se lava las manos? ¿Por qué no evolucionamos de una vez?

José Angel Barrueco