domingo, 20 de junio de 2010

Virus de papel

Cada semana, nuevos libros se incorporan a mi biblioteca: los que me envían las editoriales, los que me regalan amigos, poetas y familiares, los que nosotros compramos… Mi biblioteca es una de esas bibliotecas-monstruo. Pertenezco a esa clase de lectores incapaces de tirar un libro, aunque sea malo. Cada semana busco nuevos huecos donde meterlos, mientras se van amontonando en la mesilla, encima de la cama, en los estantes. Estos libros son parte de mi familia. Han viajado conmigo. Han vivido a mi lado y me han sostenido siempre. No puedo desprenderme de ellos. Empezaron a criar en la casa de mis abuelos paternos, donde yo vivía. Después se trasladaron conmigo al piso nuevo de mis padres. La primera vez que la familia se desgajó y nos fuimos a la parte baja de la casa de mis abuelos maternos, una hura sin calefacción y con habitaciones en las que nunca entraba la luz exterior, los dejé a buen recaudo en el trastero de la familia de mi primera novia oficial. No eran muchos y pude meterlos en cajas y no verlos durante meses. En aquel cuarto, sin embargo, guardaban bidones de gasóleo y los ejemplares absorbieron un hedor a combustible que tardó años en desprenderse de sus páginas y de sus cubiertas. A partir de ahí hubo cuatro mudanzas más. Hasta que, finalmente, me acompañaron a Madrid: en varios viajes, en el coche de mi novia, y pronto empezaron a multiplicarse y a llenar el piso. Y es ahora cuando estoy ahogado, cuando ya no encuentro dónde colocarlos, cuando sé que esto es una especie de enfermedad. Mi biblioteca se ha convertido en un virus. Un virus que me hace feliz.

José Angel Barrueco