domingo, 6 de junio de 2010

Sopor

Dormir en mi barrio es muy difícil. Sobre todo si ha empezado el calor, que es cuando la gente pasa horas extra en las calles. Que no se me malinterprete: me encanta la farra y me alegra que la gente se divierta, pero es raro dar con una noche en que algo o alguien no perturbe tus sueños. Hace un par de semanas, a las 5:15 de la madrugada, nos despertó una perforadora que los operarios llevaban a la obra anexa a nuestro edificio. Tenía ruedas de tanque, iba a paso de tortuga y estuvimos oyendo su estruendo metálico durante más de media hora. Al asomarme al balcón, con las ojeras colgando hasta la calle y medio somnoliento, no sabía si habitaba una pesadilla, si nos estaban invadiendo las tropas militares o si era una máquina venida del espacio exterior. Unos días después se llevaron la perforadora… a la 1:15 de la madrugada. El mismo estruendo, los mismos problemas para dormir y los mismos vecinos asomados a las ventanas, flipando. Luego resulta imposible volver a conciliar el sueño. También están esas noches en que la calle se llena de fiestas inesperadas: noches de domingo o de lunes en las que escucho el ruido de botellas que se rompen, de tipos que discuten, de individuos que se pelean, de borrachos que cantan, de gente que grita, de sirenas de coches de policía que pasan por delante del portal, de máquinas que limpian las aceras de Madrid… Algunos días me levanto con modorra y esas mismas noches me acuesto con modorra. Esto repercute en mi cuerpo. Pero tiene su beneficio: tras una o dos noches despertándome por ruidos, al tercer día estoy tan roto que nada puede perturbarme. Y duermo sin saber lo que se cuece afuera. Cuando llegué a Madrid, sufrí algunos episodios de insomnio. Lo que he sufrido después es una especie de insomnio a la fuerza.

José Angel Barrueco