domingo, 27 de junio de 2010

La palabra como arma

De mi padre aprendí la violencia, que no ejerzo. Pero mi madre me enseñó que el auténtico daño lo causan las palabras. Mascullando una sola sentencia, ella era capaz de sacarlo de quicio. Bendito don, ese de las palabras. En los últimos años he enfurecido a demasiada gente, sobre todo en mis artículos del periódico. Muchas veces no fue a propósito, lo juro. Pero la gente que se siente culpable se da por aludida. “¿Te refieres a mí en tu artículo de hoy?”: era una frase que me arrojaban a menudo. Cuando las palabras son elogiosas, la persona elogiada pocas veces lo agradece. En cambio, tírale un dardo y lo tendrás al punto aporreando tu puerta. Es así. No le des más vueltas. Si en el periódico hablaba bien de alguien, no me decía: “Esta boca es mía, gracias” (salvo casos aislados, excepcionales). Cuando te los encontrabas por la calle, te soltaban sus excusas: “No tenía tu teléfono, pero te lo agradezco”. Cuando lanzabas flechas en un artículo, por el contrario, removían cielo y tierra para hacerse con tu número de teléfono y tu correo electrónico. Para echártelo en cara. Recuerdo una situación incómoda, en el periódico. Colaboré, gracias a mi director y a un hombre de una entidad financiera, en un libro patrocinado por dicha entidad. Aporté más que nadie: tres reportajes. Cuando presentaron el libro, nadie se acordó de llamarme. Al acto sólo convocaron a los peces gordos. Pero yo, pez pequeño, también puedo arañar. Escribí un artículo titulado “Manos negras” en el que no daba nombres, pero decía que tal vez alguna mano negra impidió que acudiese a esa presentación. Al poco recibí las llamadas del director y del banquero. Muy cabreados. “¿Te refieres a mí?” Bien, yo no señalé culpables. Allá cada cual con su conciencia. El otro día le conté a mi madre mis últimas polémicas literarias. Le dije: “Basta poner un cebo para que la gente se descubra”. Y me contó esta historia de cuando yo era muy pequeño. Al parecer, una vecina venenosa (vecina 1) se dedicó a dar golpes durante una noche. A la mañana siguiente, vecina 2 le preguntó a vecina 1 si había oído esos ruidos. Ésta dijo: “Claro que los he oído. Y ya imaginará quiénes han sido: los del niño…” Mi madre escuchaba la conversación y salió en ese momento: “Hablan de los golpes de esta noche, ¿verdad? Callen, callen, que mi niño ha estado toda la noche sin dormir, con miedo, diciendo que esos golpes los daba la bruja”. Vecina 1 saltó de inmediato: “¡Oiga, yo no soy una bruja!” Mi madre le dijo a vecina 2: “Señora, ahí tiene a la culpable”. La palabra como cebo y como arma.

José Angel Barrueco