domingo, 30 de mayo de 2010

En la habitación

Escribo estas líneas en la habitación de un hotel, en la tarde del lunes, aprovechando una pausa para descansar. Tengo los pies molidos. No es raro: nuestros viajes consisten en larguísimos paseos por las ciudades, consisten en mantenerse en movimiento continuo, sólo parando para repostar: comer, tomar una caña, sentarse unos minutos a la sombra. No queremos perder tiempo, aunque eso signifique el agotamiento. En seis días hemos estado en cinco ciudades: Madrid, Ámsterdam, Bruselas, Brujas y Gante. Hoy en Bruselas; mañana en París. Aquí, esta tarde, en la habitación del hotel, en una breve e insólita pausa para desprendernos del calzado porque tengo incluso agujetas en las piernas, es cuando y donde dispongo de un rato para recapacitar. Para deleitarme en una de las grandes virtudes de los viajes: que te mantienen a salvo de la locura y de la rutina. Te alejan de todo. Caminas por una calle de Ámsterdam, observando el agua de los canales, o te sientas en una terraza de Brujas a la sombra, y enciendes el ordenador y encuentras una conexión wifi y paseas por el mundo digital y esa mezcolanza de noticias y ataques de tus enemigos te importan una mierda. Te la sudan. Aunque, en unos días, tras la ruta por París, sepas que regresarás a la realidad, de momento te sientes a salvo: has repuesto energías, has visto “cosas que vosotros no creeríais”, has vivido y has amado con esa intensidad que confieren las distancias.

José Angel Barrueco