Escribo estas líneas en la habitación de un hotel, en la tarde del lunes, aprovechando una pausa para descansar. Tengo los pies molidos. No es raro: nuestros viajes consisten en larguísimos paseos por las ciudades, consisten en mantenerse en movimiento continuo, sólo parando para repostar: comer, tomar una caña, sentarse unos minutos a la sombra. No queremos perder tiempo, aunque eso signifique el agotamiento. En seis días hemos estado en cinco ciudades: Madrid, Ámsterdam, Bruselas, Brujas y Gante. Hoy en Bruselas; mañana en París. Aquí, esta tarde, en la habitación del hotel, en una breve e insólita pausa para desprendernos del calzado porque tengo incluso agujetas en las piernas, es cuando y donde dispongo de un rato para recapacitar. Para deleitarme en una de las grandes virtudes de los viajes: que te mantienen a salvo de la locura y de la rutina. Te alejan de todo. Caminas por una calle de Ámsterdam, observando el agua de los canales, o te sientas en una terraza de Brujas a la sombra, y enciendes el ordenador y encuentras una conexión wifi y paseas por el mundo digital y esa mezcolanza de noticias y ataques de tus enemigos te importan una mierda. Te la sudan. Aunque, en unos días, tras la ruta por París, sepas que regresarás a la realidad, de momento te sientes a salvo: has repuesto energías, has visto “cosas que vosotros no creeríais”, has vivido y has amado con esa intensidad que confieren las distancias.
José Angel Barrueco