domingo, 23 de mayo de 2010

El valle

Fue hace una semana. Estábamos celebrando la boda de mi primo y alquiló un autobús para que llevaran a los comensales a cenar a un pueblo. Así todo el mundo pudo beber y relajarse. La mitad de nosotros corrió a sentarse a la parte trasera del vehículo. Volvimos a ser chavales otra vez. La clase de chavales que se iban siempre al fondo del autobús, en los viajes, para fumar un pitillo, tontear con las chicas y contar chistes. Eran otros tiempos. Allá atrás, durante la ida y luego durante la vuelta a la ciudad, estuvimos armando un poco de jaleo. Me acordé entonces: con muchos de aquellos amigos yo había compartido una o dos excursiones de alumnos del colegio. Intentamos hacer memoria. Nuestro colegio era afecto al régimen franquista y por eso, cuando sólo éramos unos críos, nos llevaron al Retiro, al Escorial y al Valle de los Caídos. Y yo salí acojonado del Valle de los Caídos, esa sensación la recuerdo bien y escribí sobre ella hace años, en un periódico. Salí acojonado por culpa de esas esculturas propias de un megalómano, por el ambiente fúnebre, por la tristeza que emanaba del valle entre las sombras, porque aquello hedía a muerte, a fascismo, a cementerio. Eso es lo único que nos enseñaron en las excursiones del colegio: la tumba de un dictador que había machacado a España. Como si no hubiera más que aprender de este país. Qué triste, maldita sea, qué triste.

José Angel Barrueco