domingo, 25 de abril de 2010

Sueño, escritura, enfermedad

Postrado a ratos, enfermo, con los síntomas propios de un virus estomacal que ya dura varios días (léase: fiebre, diarrea, vómitos, náuseas, sudores fríos, dolores musculares y abdominales), me recuerdo que le debo este texto a Marcus Versus, amigo, poeta y editor, y que no debo fallar en la entrega. Antaño también lo hice: escribir desde la enfermedad, desde el dolor, desde el luto, desde la ruptura, desde una isla en la que acababa de perder el avión, llegando justo a tiempo con el artículo. El escritor no debe rehuir sus obligaciones a pesar de todo, y con obligaciones me refiero a la única a la que debería plegarse: la escritura. Se puede fallar en un recital, en una presentación, en cualquier otro evento, pero la escritura es sagrada. El texto ha de llegar a quien lo reclama. En estos días de enfermedad albergo los mismos sentimientos que en las resacas más duras: veo la vida del color más negro, por doquier encuentro nubarrones y días grises en el futuro, durante algunos minutos sufro depresiones pasajeras y, una y otra vez, me viene a la cabeza el recuerdo de mi situación en paro. Los días de resaca y los de enfermedad no son muy distintos: durante esas jornadas habitamos una especie de limbo, de irrealidad en la que nada nos parece de verdad, en la que creemos estar dentro de un sueño o de una pesadilla. Pero los días de enfermedad también se puede escribir, al menos si puedes valerte de una mano o bien de las dos. Mientras escribo esto, por tanto, no tengo muy claro si lo escribo o si lo sueño. En días en los que el cuerpo apenas responde, me digo: “Te fallarán las fuerzas, pero no te abandonarán las ganas”. De escribir, digo. Y con ese lema acabo por hoy.

José Angel Barrueco