domingo, 11 de abril de 2010

Del anonimato

En las últimas semanas, y con más frecuencia de lo acostumbrado, observo cómo a muchos amigos escritores los insultan y lapidan en foros y en blogs; siempre, claro, bajo la máscara del anonimato. Los valientes andan solos (como en esa película con Kirk Douglas) y a cara descubierta, pero los cobardes caminan en manada y ocultándose para que no los vean. La chusma enfurecida que perseguía a la criatura de Víctor Frankenstein ha cambiado sus horcas y sus antorchas por los teclados y la conexión a la red, pero sigue siendo la misma. Yo tuve una época en la que los detractores anónimos se colaban en mi blog (entonces abierto a los comentarios ajenos) y en los foros del periódico para llamarme de todo. Me parece que no hay insulto que no me hayan dedicado. Pero estos anónimos, que en realidad sólo son ladridos de gente que a la cara y en una taberna no se atrevería con uno, al final se quedan en nada. Meros rebuznos que nos perturban un rato y luego olvidamos. Yo vengo de una época en la que me familiaricé con los anónimos. Hablo de la niñez y de la adolescencia. No eran anónimos de internet: estos llamaban por teléfono. Cuando mi abuelo decidió estrenar un par de películas polémicas y, a priori, anti-católicas y escandalosas (eran lo segundo, no lo primero), fue costumbre que llamaran por teléfono al domicilio de mis abuelos, en el que yo vivía. Amenazaban con quemar el cine, con poner una bomba, con hacernos la vida imposible. Una voz amenazadora da más miedo que un par de comentarios de un avatar en un foro. Fueron dos temporadas en las que yo viví presa del espanto, creyendo esas amenazas que luego nunca se cumplían. Años después, una noche, tres feriantes entraron en uno de los dos bares que tuvo mi padre. Hombres de paso, con ganas de jaleo. Y le dieron una paliza. En el local, que a esas horas carecía de clientela. Mi padre se ha merecido varias palizas, pero sospecho que esa no se la merecía. Ensangrentado, corrió a denunciarlos. Los feriantes se agenciaron nuestro número de teléfono y llamaban de noche o de madrugada profiriendo amenazas. Uno se ha acostumbrado a recibir anónimos. Pero resulta difícil asumir la cobardía de quienes están detrás.

José Angel Barrueco