domingo, 28 de marzo de 2010

Una vida sin resacas

Era noche de sábado y salimos por ahí, hacía meses que no me emborrachaba porque pretendo llevar otro tipo de vida, una vida sin resacas, una vida sin tantos sobresaltos de mañana de domingo, sin sueño atrasado, sin dolores ni estados febriles, porque estoy harto de las curdas de fin de semana, pero estaba en mi tierra junto a muchos amigos y empecé a tomar unas cervezas y luego algunas copas y, te lo digo en serio, había cenado poco y es lo peor que puede sucederle a uno, el caso es que el asunto se alargó y se me fue de las manos y me puse a conversar con unos y con otros y me dieron las tantas, y, al despertar a la mañana siguiente, volví a probar el sabor del infierno etílico: escalofríos en el cuerpo, malestar general, sequedad de boca, ardor de estómago, y esa resaca duró dos o tres días y me dije lo que todos nos decimos en esas ocasiones (“Mierda, no vuelvo a beber”), me lo repetí hasta la saciedad porque hasta el momento lo estaba cumpliendo, pero una y otra vez vuelves a caer en la trampa, sólo que ahora hay un nuevo factor en la ecuación, en ese estado de culpa que acompaña a la resaca, ahora al levantarte ves a tu madre postrada en la cama y la culpa se duplica y tú te abochornas y te dices que no caerás de nuevo en el don de la embriaguez mientras estés allí, sabiendo de sobra que, en las próximas fiestas, volverás a beber. 

José Angel Barrueco