miércoles, 10 de febrero de 2010

poema de gonzalo escarpa


En el tren, justo enfrente de mí,
una pareja de Madrid conversa
sobre la conveniencia de pintar
la mesa del despacho
de naranja chillón.
Ella opina que sí.
El no está convencido.

Ella lleva un anillo
muy estrecho, de oro,
sin adornos.
Él
también.
Él dice muchas veces: “Por supuesto”.

Buscan un nuevo rojo: rojo
china.
Han comprado revistas
muy especializadas: “Casa al día” y
“Mi casa”.
Arreglan el salón, el despacho,
el cuarto de Javier.

Son serios y ordenados.

Imagino que follan
sin demasiada imaginación,
porque a ella le parece
excesivo definitivamente
poner luz verde clara
en el salón.
“Una casa no es una fiesta del arco iris”,
dice.

Él prefiere papel en la pared del cuarto de invitados.

Él lleva gafas.
Lo más seguro es que le guste que le azoten,
ponerse ropa de ella
y los relojes caros, con cronógrafo.

Yo me siento y les miro.
Hablan de la Johansson
y de lipoescultura.
Se abrazan, juegan, son
felices con su idea
del trabajo, con su
seguridad, su casa, sus revistas.
Leen juntos el artículo
“Las claves para no retener líquidos”.

A él le sobran unos 14 kilos,
ellas ha ido a tres sesiones de depilación láser.
Tiene las piernas largas y bonitas.

A veces las enrosca
alrededor del cuello de su hermana
y se comen el coño
hasta la extenuación.
Él no lo sabe aún,
pero le encantaría verlo y masturbarse
y meterse dos dedos en el culo.

Mi pie acaba de tropezar con el de ella.
Me ha sonreído amablemente.
“Perdón”. “No pasa nada”.

Él está escribiendo algo en su palm.
Tose. Está pensando
en su pequeña amante de 12 años,
en si no habrá empezado alguien a sospechar,
en sus pechos pequeños,
en su boca de frío.

Lo acaban de decidir:
los muebles del jardín,
seguro,
coloniales.