domingo, 31 de enero de 2010

S. S.

Cielos grises. Lluvia sobre los adoquines. El puerto. Los barcos. Las redes. Los aromas a txangurro. Tiburones en el aquarium. El viento, que “entra peinado en la ciudad”. Los puentes. El funicular. El parque de atracciones, allá arriba, cerrado. Reminiscencias de infancia. Las olas, en su oficio brutal de erosión y maquillaje de la costa. La espuma, logrando que los riscos parezcan bañados en nata; en nata con salitre. El txacolí, frío. Los pintxos, exquisitos. La playa, como un cruasán de agua y arena. La gente, temprano, bañándose en el mar pese a ser enero. El recuento: “Allí mataron a…” La catedral, en la noche. El ambiente del centro, muy europeo, más francés que español. Las tabernas. Los restaurantes. Besugo con ajo y cebolla. Merluza a la plancha. Salsa de hongos. Anchoas rebozadas. Sopa de pescado. Mamia (cuajada). Sabores. Olores. Sensaciones. Las txapelas. Las fotos de los actores, en riguroso B/N. El paseo: chirimiri, ventisca y oleaje. Las traineras. Los surfistas. El paisaje a las ocho de la mañana, desde la ventana del hotel. Los versos de Karmelo C. Iribarren en la memoria. Las librerías. El Nosferatu y su ciclo de thrillers de los 70. Las cañas: grandes y bien servidas. El Kursaal. La isla y los montes. La bruma. La Concha. Nuestras risas. Nuestras conversaciones. La complicidad. Seguir enamorado de ti mientras me enamoro de una ciudad. Donosti.


José Angel Barrueco