miércoles, 30 de diciembre de 2009

TRIO DE REINAS, de escandar algeet

La abuela se sienta todas las mañanas en la mesa del comedor,
y se queda parada, pensando supongo,
situándose en donde está y con quien.
Las noches la desorientan demasiado, y es difícil explicarle
que su abuela no está, que la abuela ahora es ella,
que yo soy su nieto y mi hermana su nieta,
que nos va bien a los dos
y ella apenas llora un segundo
y me dice que se alegra,
que está muy bien y es feliz
y no pasa nada,
sólo que no se acuerda.
Eso a Pili le cabrea mucho.
Y le echa la bronca por no comerse todo el pan,
por confundirse de nombre,
por no acordarse casi nunca del abuelo.
La abuela pasa y se acerca hasta donde está la Tere.
La confunde con su madre. Yo se lo explico.
Y la vuelve a acariciar mientras la Tere
solamente
llora en su silla de ruedas,
mastica un trozo de pan que le ha dado mi madre,
gasta todas sus fuerzas en tratar de apartar a su hermana,
mi abuela, y ni eso lo consigue.
Luego la abuela se acerca
y me dice que hay que ver lo mal que está la Tere.
La abuela me dice: para eso mejor que se la lleve dios.
Y yo pienso que bueno, que un poco de razón sí tiene,
que aferrarse a la vida puede ser como arrastrarte casi todo el camino,
y no llegar a ninguna parte.
Le digo: sí abuela, tienes razón.
Y pienso en la Tere porque ella nos iba a buscar a mi hermana y a mí
cuando salíamos del colegio,
y nos compraba bollos los lunes y los miércoles,
y nos enseñaba canciones guarras
y chistes verdes para que no se los contáramos a nadie.
Y la abuela mientras me dice:
y hay que ver la mala uva que se gasta la Pili.
Y yo vuelvo a pensar que sí.
Que antes, cuando todo iba un poco mejor,
cuando todos éramos más niños y ella dormía en mi misma cama
(fue la primera mujer con la que dormí unos 7 años de mi vida),
ella tal vez era más feliz, no lloraba tanto,
y el mundo era algo más entendible, menos extraño.
La abuela se sienta en mi cama,
y me observa reconociéndome: tu eres Escandar.
Yo asiento con la cabeza porque no me atrevo a decir más que sí,
no me atrevo a decir:
sí abuela, yo soy, Escandar.
Y me pregunta por mis cosas, me pregunta si me va bien,
y la Tere de pronto empieza a llorar otra vez y la Pili le pregunta:
qué te pasa, Tere, por qué lloras,
y la abuela me mira y me dice que qué hago en Madrid,
y yo digo que no lo sé muy bien,
pero que hago cosas y me río bastante.
Eso es importante, me dice, y me la llevo al salón de nuevo,
donde mi madre le da un chocolate a la Tere
(“le tranquiliza bastante”, me dice) y la Pili está sentada
a medio metro de la tele, pero no ve nada,
tiene la cabeza en sus 92 años de memoria intacta,
y ella sí que recuerda la silla de ruedas de su padre y mira a la Tere,
y a veces, yo lo he visto, se le saltan las lágrimas.
La abuela entonces le pregunta qué te pasa,
y ella se cabrea con la abuela y le dice qué te pasa a ti,
y se ponen a discutir las dos, casi siempre la abuela pasa,
casi siempre la Pili se enfada y lo siente.
La Pili se hace chocolate por las mañanas,
la abuela moja leche en pan caliente.
A la Tere, en lugar de pan, mi madre (o mi tía, depende) le pone galletas.
Luego pastillas,
cada una con su cual.
Se visten y arreglan aunque a veces no salgan.
Mi madre acerca la silla de ruedas a la puerta del baño y peina a la Tere,
y yo pienso que jamás se me habría ocurrido a mí eso.
Donde sea, pero peinado y presente.
Pienso que si un día soy yo el que tiene que cambiarle los pañales a mi madre,
o levantarla pa pasarla de una cama a la silla,
también la pondré muy guapa, y la peinaré todos los días.
Porque la vida tiene estas cosas, y la dignidad nunca da igual.
La abuela bosteza. La Pili cojea por el pasillo.
La abuela pregunta cuándo nos vamos,
y yo le respondo que no, que no se va, que hoy se queda a dormir,
y no trato de explicarle más
porque sé que mañana lo va a preguntar de cualquier otra forma.
La Tere pa entonces se ha puesto a insultar,
y a llorar más fuerte.
Mi madre la acaricia y le dice preciosa, ya está,
y la Pili le pregunta qué quieres Tere,
y Tere solamente llora, llora y a veces grita,
da un alarido, pronuncia claramente la palabra mierda,
y vuelve a callarse y a meterse en su cabeza.
La abuela se despista y al llegar al pasillo ya no sabe dónde está,
entonces se cruza con Nur, que la orienta y la lleva al comedor.
La abuela come mucho y come muy bien.
Todo lo que le eches. Y un huevo para cenar.
Con un huevo me vale.
La Pili come despacio, y con mucho tiento.
Calcula lo que quiere y lo que no,
el tiempo que le supone cada bocado,
el dolor que le puede producir en los dientes.
Para entonces a la Tere ya la han dado de comer,
y reposa en la silla
y nos mira con un trozo de pan o queso entre las manos que mastica,
chupa más bien,
mientras en la mesa la abuela dice
que a su padre le encantaban las sopas de ajo y el bakalao.
Será a Santiago, a tu marido, a quien le gustaba el bakalao,
replica enfadada la Pili.
A mi padre, dice la abuela, a mi padre.
Y la Pili se enfada más
porque no entiende que la abuela no eche en falta a su marido,
que no pregunte por él,
que sea ella quien se tenga que acordar de todos.
El peso de la memoria, me digo,
alguien lo tiene que llevar a cuestas y eso seguro que duele.
Pero la abuela llora también, poco y muy brevemente,
porque la abuela sabe que la vida, en fin, y también la muerte.
Y las tres se despliegan en una casa experta en arrugas,
las tres se mueven a través de su historia y
viven este atardecer de principios de siglo,
las tres envejecen mirándose a la cara,
cogiéndose de la mano,
callándose las cosas buenas,
diciendo sólo las malas,
con ese carácter de Castilla y cerrado,
mujeres hechas en hornos de piedra y barro,
de trigo y simiente,
mujeres que han estado a mi lado
y lo estarán siempre.
Sé de sobra que si existe ese dios en el que ellas creen,
llegará la Tere un día y le echará la bronca.
Llegará la abuela y le dirá: hace buen día, ¿verdad?
Luego llegará la Pili, siempre la última, siempre inmortal,
y preguntará: ¿se puede?.
Y dios entenderá por qué no creo demasiado en él,
por qué hay cosas que él no sabe
y yo sí sé.


[ poema de Alas de mar y prosa, el último libro publicado por Ya lo dijo Casimiro Parker ]