domingo, 6 de diciembre de 2009

La legión de los condenados

Observo la irritación de la gente. Sus huidas. Sus enfados. Sus desapariciones pasajeras. Leo las diatribas de unos y de otros. Los ciudadanos de a pie están nerviosos. Se nota en los blogs, en facebook, en la cola del supermercado. Cuando estamos a un paso de acabar el año y faltan aún unos días para las vacaciones, el personal ya no puede más. En parte es psicológico: uno año desgasta mucho. En doce meses te han colocado en los hombros tantas responsabilidades, tantos disgustos, tanta mierda, que sólo quieres un respiro, volver a casa con los tuyos, emborracharte un par de noches seguidas y creer eso tan manido de: “Año nuevo, vida nueva”. La gente, digo, está de los nervios a estas alturas. Furiosa, harta, con ganas de bronca. Pero luego salgo a la calle. Viajo en el metro o camino por Sol, aquí en Madrid. Y veo a los que, de verdad, tienen razones para estar cabreados. Pululan por el centro en busca de una moneda y albergan tantas taras que todos apartamos la vista. Ciegos auxiliados por un perro o por un bastón (el otro día vi cómo casi se chocaban dos ciegos en el metro). Hombres de rostro quemado, sin labios. Mujeres con deformidades. Chavales sin brazos. Individuos que, por no tener, no tienen ni manos; sólo muñones. Viejas consumidas, amasijos de huesos y de arrugas. Cojos y tuertos. Gente solitaria con las piernas hinchadas, o con la cabeza tensa por los tumores, las llagas y las enfermedades. Los veo por el centro, en el metro y por Sol. Piden limosna. Venden lotería. O, simplemente, beben vino. Son una legión de condenados en la Tierra. Para ellos, la vida no cambiará el año que viene. No será mejor. Ellos sí poseen auténticas razones para la furia. Recuérdalo.

José Angel Barrueco