domingo, 8 de noviembre de 2009

Eres diferente en cada viaje

A mediados de septiembre viajé a Roma. La ciudad me suministró su luz, su magia, su fuerza. Reparó los desperfectos causados por el agobio y el estrés y la falta de oxígeno propios de la rutina. Hizo que riera y soñara. Yo, entonces, durante ese itinerario entre ruinas turísticas y vespas veloces, era otro hombre. Un hombre que avanzaba con pasos de gigante, disfrutando del aire bochornoso y del sabor de los helados. Un hombre diferente al que fui, apenas unas semanas después, en otro viaje de placer a Praga. Vagamos por sus calles entre el azote de la lluvia y la condena del frío. La ciudad no tuvo la culpa de mi bajo estado de ánimo; tampoco me ayudó a recuperar la alegría. En vez de risa y sueños, cobijé amargura y pesadillas. Sólo contaba, ya, con el consuelo de su mano en la mía. La de ella: sabedlo. Me había convertido en otro hombre, en una cuerda sofocada de nudos. Nudos en el estómago y en la garganta. Entre mi visita a Roma y mi visita a Praga hay un paréntesis. Un hueco por donde se colaron las desgracias y las malas noticias. Si no hubiera sido aquello, hubiese sido otra cosa: lo sé. Porque, en cada expedición, somos diferentes. Algo nos ha cambiado cada vez que hacemos la maleta: puede ser una ruptura, un reencuentro feliz, los ojos de un perro abandonado, la carcajada de un bebé o la certeza de no llegar a fin de mes. No dejo de preguntarme, desde entonces, qué clase de hombre seré en mi próximo viaje.


José Angel Barrueco