viernes, 21 de agosto de 2009

Cada verano la llevo a ver el mar, por Carlos Salem

Se abre la puerta del bar y entra ese padre de familia. Ahora sé que es domingo. Será por el chándal caro que viste, o por la cara añorar los partidos que hasta septiembre no podrá ver es su tele de tamaño gigante. El bar está casi vacío y se sienta a mi lado. Le pide a Lola whisky del bueno y ordena que deje la botella, como habrá visto hacer en las películas, en su tele de tamaño gigante. Bebe rápido y mirando a los costados, no disfruta. No sabe. Hay que beber despacio, para que el líquido al caer vaya lavando algo o lo queme sin prisas.
—Cada verano la llevo a ver el mar —me dice.
—Eso está bien —respondo sin ganas. Estoy harto de majaras.
—Ya. Pero a ella parece que no le alcanza. Siempre hay algo que no le gusta. Nunca dice nada, va de víctima, ¿sabes? pero sus ojos, sus ojos sí que dicen. ¡Y no lo soporto! ¿Tengo yo que soportarlo?
—Supongo que no.
—Desde luego. ¿Acaso no me deslomo trabajando? Y ella no lo dice, pero sus ojos, joder, sus ojos. Como con el coche. ¿Es que un tío que se pasa la vida trabajando no tiene derecho a comprarse un buen coche?
Me muestra un llavero con la marca Audi:
—Tiene airbag para todos los pasajeros, ordenador de a bordo, DVD... ¡Si lo compré pensado en la familia! Es el gris metalizado que está fuera. ¡No veas cómo se liga, con esa máquina!
—Lo imagino.
—Pero ella que cómo lo vamos a pagar, que el niño necesita esto y lo otro. Y mira que hacía tiempo que no se quejaba. Pero claro...
—Los ojos.
—Eso. Los ojos. Yo soy un tío normal, un padre cojonudo. Vale, bebo unas copas de vez en cuando. ¡Y cómo iba a saber que aquella guarra tenía ladillas! Pero ella no dice nada, y cuando le pregunto qué coño mira, esconde la cara, como si fuera a pegarle. Y hacía meses que no se me escapaba una mano. Meses.
—Ya está ahí —interrumpe Lola, mientras mira con odio al padre de familia. Está a punto de estallar. Y el odio de Lola parece incluirme.
—Déjalo por mi cuenta —respondo y también me refiero a mi vecino de taburete—. No es para tanto.
—Vale, pero llévatelo —dice ella. Y me alcanza dos cervezas—. Y que no mee en los coches de los clientes.
—¡Mi coche! —exclama el padre de familia y amaga con salir. Le agarro el brazo con fuerza y me mira sorprendido.
—He dicho que yo me encargo. Perdona un momento.
Y salgo.
El Loco está sentado en la plazoleta frente al bar. Como siempre que se descubre solo y viene a buscarme. Es un loco muy educado y saluda:
—Que tengas buena noche —me dice, como siempre.
—Lo mismo para ti —respondo, como siempre.
Le ofrezco un cigarrillo y una cerveza. Fumamos y bebemos un rato. Después me mira, como siempre, y le digo:
—Vamos.
Caminamos hasta la curva, un centenar de metros más abajo. Nos detenemos en el centro de la calle y el Loco, como siempre, dice:
—El cielo debe estar en otra parte.
Y se tiende en la carretera, con los brazos abiertos.
Yo me tiendo en la otra dirección, mi cabeza tocando la suya.
Y esperamos.
Al rato se acerca un coche, la luz estalla, se oye una frenada brusca y nos esquiva. Se detiene a prudente distancia y el conductor nos insulta. Parece que va a bajar, pero se lo piensa mejor y parte, con chirrido de neumáticos. Me siento. El Loco sigue tendido. Le alcanzo un cigarrillo y digo:
—Dijimos que un solo coche por vez.
Me mira, parece comprender y se pone de pie. Es un buen loco. Vive en el solar abandonado, entre las malezas y las ruinas de una casa derribada por el tiempo. Se tiende en la carretera, cuando le sopla el viento dentro de la cabeza, a esperar que venga un coche que lo lleve de viaje. Me tuve que inventar lo del límite para reducir las probabilidades de que algún conductor borracho lo atropelle sin enterarse siquiera. Por eso, cuando aparece, me lo llevo hasta la curva y esperamos juntos. Lola cree que sólo hablo con él. No lo entendería.
Cuando volvemos calle arriba, veo un Audi gris metalizado. Flamante. El Loco y yo meamos sobre el coche durante un rato y me entretengo admirando los detalles de la tecnología avanzada.
Cuando nos despedimos, saluda:
—Que tengas buena noche.
Y se va a buscar el cielo, que seguramente está en otra parte.
Cuando entro en el bar, el padre de familia está diciéndole chorradas a Lola, que me mira con cara de ultimátum.
—¿Qué? —dice el tío — ¿Ya le has dado lo suyo al loco ese?
—Sí. Me hablabas de tu mujer...
—¡Puaj! No le gusta nada de lo que hago, pero bien que se cuida de hablar. Es que cuando me enfado, tengo la mano pesada, ¿sabes? Toca, toca qué músculos. De joven hacía pesas, pero desde que me casé con ésta, el único ejercicio que hago es levantar sus tetas caídas y últimamente, ni eso. ¡Pero en mi casa mando yo! Y cuando me harté de gilipolleces, descubrí que cuando la sacudo, al día siguiente está más suave, no digo cariñosa, pero me mira menos. ¡Una vez me dijo que me iba a denunciar, a mí! Ahí me pasé, hubo que llevarla al hospital y nos gastamos una pasta en medicinas. Pero no dijo nada. El médico venga preguntarle que cómo se había hecho eso, y ella que se había caído de la escalera... ¡Y vivimos en un bajo!
Le pido otra Mahou a Lola, para distraerla antes de que explote.
—Es guapa, tu novia —dice el padre de familia bebiendo lo que queda de whisky—. Sin faltar, ¿eh? Así tienen que ser las mujeres: con carácter, no como la mía, que en cuanto le das una hostia se pone a llorar.
—Pero por lo menos no te denuncia...
-—Ya se cuidará. Y esta vez tampoco —se acerca y me habla confidencial—. La muy tonta teme que me desquite con el niño. ¡Cómo si yo fuera a pegarle al crío sin motivo! Es que no tiene cultura.... Yo leo, veo películas. Se aprenden cosas. ¿Sabías que si les pegas con una toalla mojada luego no quedan marcas?
—Eso está bien, para que no se note cuando la llevas a la playa...
—¿Ves? Tú me entiendes. Yo seré estricto, pero cada verano la llevo a ver el mar. Y eso que a mí me gusta la montaña... Bueno, me tengo que ir que todavía falta una semana para las vacaciones. Ha sido un gusto hablar contigo.
Paga, saluda a Lola y se va.
Ella no quiere mirarme. Pago y me voy, sin saludar.
Mi viejo coche está, como siempre, aparcado con una rueda sobre el bordillo. Abro la puerta y quito la barra que fija el volante. No recuerdo quien me la regaló. Como si alguien fuera a robar mi coche. Por una vez arranca sin empujar, pero lo dejo ir cuesta abajo. Después de doblar la curva veo el Audi a un costado de la carretera.
No se va muy lejos con tres neumáticos desinflados.
Bajo y el padre de familia, deslumbrado por los faros, no me reconoce.
—Joder, menos mal que ha parado. Es que algún hijoputa me ha...
Ya no sigue, porque cuando te pegan en las costillas con una barra de hierro, unos neumáticos desinflados parecen menos importantes.
Levanto la barra otra vez. La dejo caer. Me temo que al padre de familia le quedarán marcas, cuando este verano lleve a su mujer a ver el mar. Tal vez debí pedirle a Lola una toalla mojada.
Estoy harto de majaras. De verdad.





















[ el cuento salió publicado el domingo 16 de agosto en el diario Público, acompañado de la ilustración de Olaf, no te pierdas su web ]