jueves, 30 de julio de 2009

Le Pont Neuf, de Esther Rodríguez Cabrales

Para la ocasión, se pone un vestido nuevo. Es azul noche, todo drapeado, ajustándose a cada curva de su vertiginosa piel. Las medias de cristal doran el color de sus piernas, avecinándola a lugares remotos como Tikal o Cancuén, en donde las mujeres lucen pieles tostadas al sol. Sus largas piernas se estilizan aún más gracias a los zapatos de salón. Frente al espejo, se atusa el cabello, disponiéndolo, con ayuda de unas horquillas negras, en un moño italiano. Pone rubor en sus mejillas y brillo en los labios. Se peina las pestañas y perfuma su nuca. Un tocado de redecilla cae sobre sus ojos velando la mirada. Nadie diría que ha pasado la noche en vela, haciendo tintinear los hielos de un vaso infinito. Nadie diría que acababa de beberse una botella de ron y de haber echado bilis por la boca.

Sale por la puerta de casa y tras las mirillas las vecinas la observaban en un malicioso silencio. Todas prohíben a sus maridos siquiera mirarla, pero, por ella, los muy cretinos, se tumbarían como alfombras rojas, para que ella pisara sobre sus cuerpos blandos y mansos y les clavara dulcemente los tacones de aguja. Por eso, ella baja los escalones contoneando sus caderas como una marea mortífera, y sus vecinas se escandalizan sin saber que, en cierto modo, también ellas la aman.

Así es como se aleja de su inmundo vecindario hasta llegar a Le Pont Neuf. Una vez allí adopta su postura habitual y espera a que algún cretino la aborde. Nadie diría que aquella mujer es incapaz de amar. Nadie diría que, como todas las mañanas, se dirige a su lecho de muerte. Nadie diría que abrazará una vez más la lluvia mansa bajo las sábanas. Para la ocasión, volverá a darse por muerta en aquel oscuro reino.


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